La escalera

[Steven Straiton / Spiral Stair

[Steven Straiton / Spiral Stair]

No siempre tuvo claro adónde iba a llegar, pero sabía que no debía parar de ascender. La escalera jamás dejó de serle irregular; los escalones podían sucederse sin diferencias notables de altura o bien presentarse casi como una montaña en donde los asideros escaseaban. Por eso hubo momentos en que los saltaba de tres en tres y momentos en los que se desesperaba escalando o incluso mirando a los lados para pedir ayuda. Después de años de subidas en las que no faltaron los tropiezos, cuando pensaba que ya faltaba poco para el final, se encontró con un rellano en el que alguien había perforado un pozo descomunal. Inevitablemente, el pie le falló y se precipitó hacia el interior. Desde entonces, sigue cayendo. Es consciente de que algún día podría llegar al fondo, pero eso todavía no ha ocurrido. Mientras tanto, se destroza los dedos arañando las paredes para intentar frenar. Y está llevándole tanto tiempo que hasta ha podido pararse a pensar en que quizá se equivocó de escalera y hasta de habitación.

Me quedo con ésta

Para aquellos como yo, cuya infancia transcurrió a lo largo de los años 90, las películas Disney suponen uno de los pilares fundamentales de los recuerdos de esa época junto con los programas infantiles matinales de fin de semana, la Game Boy o el paquete de gusanitos a 25 pesetas (sí, pagando con la moneda del agujerito en medio). A diferencia de lo que hoy se estila, la mayoría del cine para niños de esa década aún era de dibujos animados, y raro era el que no tuviese en casa una cinta de VHS de Los Aristogatos, Pocahontas o Hércules, entre un largo etcétera. De todos esos clásicos, mi favorito siempre ha sido, por encima de cualquier otro, El Jorobado de Notre Dame, un largometraje que en no pocos hogares ha pasado desapercibido ante pesos pesados de aquel tiempo como El Rey León. Sin embargo, a mí siempre me llamó poderosamente la atención por encima del resto de películas Disney. ¿Los motivos? Aquí expongo un puñado de ellos.

  • El drama personal del protagonista: Lo que hace atípica a esta película, por encima de todo, es la historia del personaje. Quasimodo no es un atractivo semidiós griego ni un jovencito árabe montado en una alfombra voladora; tiene una enorme joroba que le impide caminar erguido, es rematadamente feo (como su tutor y mentor no duda en recordarle) y ha vivido aislado del mundo toda su vida, hasta el punto de que sus únicas amistades son unas gárgolas parlantes y que, según se sugiere, son más bien un producto de su imaginación. A lo largo de los 90 minutos de narración, Quasimodo es maltratado por la turba, considerado un monstruo y, para más inri, la persona a la que ama no le corresponde. ¿No se suponía que en las películas Disney los sueños se convierten en realidad? En ésta, lo único que el protagonista consigue es abandonar su prisión-santuario y ser socialmente aceptado por los parisinos. Y puede darse con un canto en los dientes, porque acaba mucho mejor que en el relato original de Víctor Hugo, el cual prefiero no destripar aquí.

  • Esmeralda: La motivación principal de este aguerrido personaje es la lucha contra la marginación social y el racismo, una característica muy significativa que, por desgracia, no suele verse demasiado en los personajes femeninos de dibujos animados, más preocupados en encontrar a un amor verdadero que los proteja que en defenderse por sí mismos. Eso sí, es la única mujer protagonista de la cinta y termina enamorándose del guapo de turno, pero por lo menos sus acciones e inquietudes no giran en torno a buscarse a un príncipe y comer perdices.

  • El juez Claude Frollo: Los villanos en las películas infantiles, por lo general, tienen un registro bastante pobre, que se basa prácticamente en odiar hasta la médula al protagonista y en ansiar el poder (sea lo que sea eso). Pero Frollo va bastante más allá y logra convertirse en un perfecto antagonista. ¿Por qué? Porque los grandes villanos del cine no basan su vida únicamente en detestar a los buenos, sino que ofrecen una personalidad compleja, realista, que nos ayuda a entenderlos y a averiguar los motivos que les llevan a actuar así. Con el juez Frollo, la religiosidad juega un papel fundamental en su psicología. Todo comienza cuando se hace cargo de un Quasimodo bebé, movido por un ligero sentimiento de culpa y, sobre todo, por el temor de Dios. Sus creencias, más adelante, le sirven como escudo bajo el que obrar de la peor de las maneras sin dejar de tener la conciencia tranquila. Así, lo más interesante de Claude Frollo es que no se trata de un malvado que se enorgullezca de serlo, sino que, por el contrario, cree hacer el bien y se justifica en un más que dudoso sentido de la justicia. La parte escabrosa, que pasa inadvertida para el público infantil (como no podría ser de otro modo), se basa en sus sentimientos encontrados por la gitana Esmeralda, a quien mira al mismo tiempo con aversión y lujuria. Su belleza le resulta irresistible, casi embaucadora, pero su racismo le impide ver a los gitanos con buenos ojos, y considera que lo mejor para sí mismo y para todos es que ella muera. Me recuerda ligeramente a Amon Göth, el oficial nazi de La Lista de Schindler, que tiene la tentación de acostarse con su criada a pesar de que ésta sea judía.

  • La catedral: Es casi un personaje más de esta película. Impresiona ver lo cuidados que están los detalles para plasmarla con el mayor realismo posible, otorgándole diferentes juegos de sombras y luces no sólo en función de la iluminación de la escena, sino también para concebir una determinada atmósfera. No es de extrañar que el equipo creativo de la película se hubiese desplazado a París para pulir su trabajo al máximo, en vez de basarse en fotografías o maquetas.
  • La animación: El Jorobado de Notre Dame fue de las primeras películas de dibujos animados en las que los efectos por ordenador empezaban a jugar un papel especialmente relevante, y es un aspecto que puede disfrutarse mucho en este caso, ya que la fusión de animación tradicional y animación por ordenador no siempre da buenos resultados. En las producciones de peor calidad, la mezcolanza resulta en ocasiones muy obvia y no llega a homogeneizarse, y uno no sabe si está viendo animación 3D con pizcas de dibujos animados o viceversa. Aquí, no obstante, los animadores emplean esta tecnología de manera sutil para profundizar o enfatizar en lo que nos están contando, bien a través de vertiginosos movimientos de cámara o bien mediante el diseño de cientos de extras de aspecto convincente.

  • La banda sonora: Y no me refiero sólo a las canciones, parte obligada de cualquier producción de la compañía, sino a la música que alimenta las escenas gracias a vigorosos leitmotivs corales y que sirven para engrandecer la ambientación de los ya de por sí épicos pasajes. Sólo hay que saber que Alan Menken está detrás de estas melodías para saber que estamos ante un peso pesado con un currículum enorme. Las canciones de los personajes, por su parte, en lugar de ofrecer simplemente un entretenimiento más o menos agradable, se convierten también en una herramienta narrativa muy eficaz para ahondar en el carácter y en las motivaciones de los protagonistas (la soledad de Quasimodo, las injusticias que sufre Esmeralda o los oscuros objetivos del juez Frollo).

La novela de Víctor Hugo es, por supuesto, infinitamente más tenebrosa y adulta que esta adaptación de dibujos animados, sobre todo si reparamos en las enormes disimilitudes que hay al término del libro y del filme. No debemos olvidar que es una película de Disney y que, por eso mismo, las modificaciones sirven para que el público infantil digiera mejor el drama. Pero, aun siendo así, no trata a los niños como si fueran idiotas (lo que no siempre ocurre), sino sólo como a espectadores inocentes que, poco a poco, van aprendiendo que no todo es de color de rosa.

El debate de siempre

Los responsables de Interior de los países de la Unión Europea, Estados Unidos y Canadá han acordado en la cumbre de urgencia celebrada esta mañana en París reforzar las medidas de seguridad para evitar atentados como los que han tenido lugar esta semana en la capital francesa. Hasta ahí, bien. Desde luego, la seguridad es un tema fundamental para que una sociedad pueda desarrollarse con garantías; el miedo paraliza, y con él no es posible avanzar. Sin embargo, y aunque el control de fronteras y mensajes en Internet de grupos proselitistas vinculados al terrorismo puede ser de gran ayuda, no se me escapa que muchos gobiernos aprovecharán esta situación para controlarnos (todavía más), lanzando de nuevo a la calle el viejo debate entre seguridad y libertad, como si sólo pudiéramos elegir una de las dos opciones, como si vivir libres nos pudiera hacer daño y hubiera que protegernos a costa de nosotros mismos. ¿Teta y sopa no caben en la boca, o cómo era eso? Por ejemplo, tras los atentados del 11-S, en Estados Unidos se promulgó la denominada Ley Patriota para dotar de más poder a las agencias de información, en detrimento de los derechos humanos de la ciudadanía. Aun a día de hoy hay sectores críticos con esta norma, a los que se les acusa de apoyar al terrorismo.

Los gobiernos conservadores aprovechan coyunturas como ésta para que paguen justos por pecadores, y esta vez no se hará ninguna excepción. Yéndonos al caso español, ¿qué podemos esperar de un gobierno como el nuestro, que aboga por la libertad de expresión al enterarse de lo ocurrido en la redacción de Charlie Hebdo pero luego su partido condena a un presentador, imputado ya por la Audiencia Nacional, por hacer un sketch humorístico en el que el PP “se disuelve”? ¿Y qué esperar de este ministro del Interior, que defendía la “impecable” labor de las fuerzas de seguridad en la valla de Melilla aun cuando algunos inmigrantes acabaron muertos precisamente por esa labor? Si la hipocresía y la ineptitud son las principales características de este Ejecutivo en cuestiones de seguridad y libertad (o en otras muchas), sólo espero que no les dé tiempo a aprobar y aplicar muchas medidas antes de las elecciones generales de noviembre.

Inerte

El reloj de la pantalla del ordenador acababa de marcar las nueve de la noche, pero aún tenía que terminar varias hojas más del Excel que le habían encargado. Los ojos enrojecidos le lloraban, y el maldito fluorescente que tenía justo encima no dejaba de parpadear. Se desperezó y aprovechó para mirar alrededor. Sólo quedaban dos personas más de la veintena que trabajaba en ese departamento. “Tres desgraciados aquí metidos un viernes por la noche”, se dijo, con la mirada puesta en la ventana. Al otro lado del vidrio, los edificios parecían reírse de él. “No me merezco estar así”. Sin saber cómo, sacó energías para terminar el documento, lo imprimió y lo dejó en la mesa del coordinador. Bostezó, se puso la gabardina y se despidió de los compañeros, que le hicieron el mismo caso que a las motas de polvo que se acumulaban bajo el teclado.

Salió de la oficina a paso ligero. No porque tuviera prisa, desde luego, sino porque aquel mes de enero era el más frío que se recordase desde hacía años. ¿Qué prisa podía tener acaso? En su diminuto apartamento no le esperaba nadie, y ni siquiera su hermano pudo ir a verlo la navidad pasada, en la que su única afición había consistido en asomarse al balcón y tratar de vislumbrar lo bien que se lo pasaban los vecinos, qué era lo que se habían regalado o cómo habían adornado los abetos de plástico.

Una vez en el vagón del metro, directo a su madriguera, observó a una pareja joven que se besuqueaba con descaro justo a unos centímetros de él. “Tampoco tenéis por qué restregarme lo felices que sois”, pensó con la mente envenenada. En ese momento, la chica despegó los labios de su pareja y lo miró a él directamente a los ojos, quien tuvo que apresurarse a disimular posando la vista en los cristales. Su reflejo le devolvió un semblante estéril.

Cuando llegó a casa, tiró la gabardina sobre el sillón, sacó una pizza precocinada del congelador y la metió en el microondas. Ni siquiera se había fijado en los ingredientes que figuraban en el envase, aunque eso no le importaba: habría sido igual de nutritivo comerse el propio envase. Tampoco podía permitirse comer mejor con su sueldo, ni tenía paciencia para dedicarse a cocinar algo decente.

Con la pizza humeando, se sentó en el salón para iniciar lo que sería su plan de fin de semana de siempre: evadirse con la televisión, viendo historias de gente más afortunada que él, como ya hacía en la vida real. Sin embargo, estaba superando incluso la etapa de compadecerse de sí mismo, y hacer aquello no le importaba en absoluto, básicamente porque llevaba tiempo muerto por dentro. “No veo qué diferencia habría entre esto y dejar de existir de verdad, ni para mí ni para nadie”, reflexionó, con los ojos clavados en el pegote de tomate que le había caído en la camisa.

Entonces, sin estar muy seguro de lo que iba a hacer a continuación, se levantó de forma automática, caminó hasta la cocina y sacó el cuchillo más grande que tenía del cajón. Sus ojos inexpresivos se reflejaron en la hoja, apenas visible en la penumbra.

Volvió al sillón, se miró el antebrazo casi con curiosidad y pensó: “Esto debería haberlo hecho hace mucho”. Colocó el cuchillo sobre su muñeca y lo deslizó sobre la piel. Apenas se había rozado. Se quedó paralizado. No era capaz de mover la mano, y eso le enfadaba. “Nunca he tenido valor para nada, pero lo tendré para esto”. Preparó el filo de metal, lo acercó a la carne de nuevo y empezó a apretar. Pero se echó a temblar, lo retiró deprisa y observó la epidermis casi intacta, apenas enrojecida por la presión del cuchillo, que no había llegado a cortar. Lo sujetó otra vez, con fuerza, mientras los ojos se le humedecían por la impotencia. En ésas, ahogado por la desesperación, aguantó la respiración y agarró el mango hasta que los nudillos le emblanquecieron, pero vaciló en el último segundo y se hundió el cuchillo en el hombro.

La hoja penetró fría y trémula en la carne, y al gemido de dolor se le unió un grito histérico y repetitivo provocado por la impresión de ver cómo el reguero de sangre le empapaba la camisa. Al poco, los chillidos dieron paso a una risa sollozante y frenética, imparable. Por primera vez en mucho tiempo estaba experimentando una sensación intensa. Había vuelto a recordar que estaba vivo. Sólo tenía que parar la hemorragia y pronto podría volver a la oficina.

Fuera de lugar

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El resto de la tripulación siempre creyó que nunca lograría adaptarse, pero aquel hombre se empeñó en demostrar que todos estaban equivocados. De todas formas no tenía alternativa: su pasado era tan lejano que nadie quedaba ya para extrañarlo, y hasta el nombre de su tierra natal había desaparecido; sólo podía aferrarse a ese presente ignoto si no quería que los recuerdos le consumieran. Y así lo intentaba cada día.

Tras la descongelación, la realidad de aquel universo extraño era tan diferente a todo lo que había conocido en su anterior vida que la simple idea de mantener los ojos abiertos le aterraba. Al principio incluso maldijo a los doctores; si se suponía que estaba muerto, ¿con qué derecho lo habían revivido? Pero ahí estaba otra vez, consciente de sí mismo, sintiendo en las sienes las palpitaciones de su corazón.

Al poco, descubrió con sorpresa que su antigua profesión no distaba demasiado de aquello en lo que se había convertido en ese insólito mundo. Así que decidió hacerse soldado de nuevo. No sin ironía, subrayó en cierta ocasión ante sus compañeros lo divertido que sería que una bala le quitase de en medio por segunda vez. Pero entonces le recordaron entre risas que los proyectiles de ese tipo estaban tan obsoletos como él. Eran bromas como ésa las que le advertían de que, por mucho que se hubiera acostumbrado a ese entorno, no pertenecía a él.

Cuando se sentía fuera de lugar y su horario se lo permitía, solía deambular por las pasarelas metálicas que atravesaban los corredores de la nave, o bien subía por el montacargas hasta el piso superior para contemplar las estrellas suspendidas al otro lado del cristal reforzado.  Nunca creyó, como una vez le dijo su abuelo cuando salieron de acampada, que aquellos puntitos blancos y azules eran los seres queridos que les habían dejado, pero cuando los miraba no podía evitar acordarse de sus amigos, de su familia, de su mujer.

La vida de todos ellos se conservaba en su memoria, pero su vida ya no se conservaba en la de nadie. Por otro lado, tampoco era capaz de poner fin al castigo en que se había convertido su existencia, así que decidió seguir adelante y convertir la maldición en oportunidad.

Mis queridos todavías

Lo prometido es deuda. Mi amigo Josega demostró su sapiencia en el frikismo y ahora me toca a mí desempolvar un aspecto personal de mi cotidianidad, como es costumbre en su blog.

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Nunca he estado en un auténtico pub irlandés. De hecho, jamás he visitado Irlanda. Pero, siempre que he podido, me he rodeado de un buen puñado de amigos en uno de esos locales en los que todo es de madera, la cartelería está en inglés y las tablas del suelo crujen bajo tus pies cuando te acercas a la barra para pedir una Guinness. Supongo que se parecerá bastante a lo que puedas encontrarte en el país de San Patricio, de los leprechauns y de otros tópicos que puedan ocurrírsenos.

En mi etapa universitaria, después de la acostumbrada semana de ajetreo, el ritual se hacía necesario: varios habituales y algunos esporádicos nos sentábamos en los taburetes (o en el sofá, si alguien llegaba pronto y lograba guardar el sitio) y nos dedicábamos a departir hasta que la gente empezaba a marcharse, la música dejaba de sonar fuerte y el cuerpo echaba de menos el lecho mullido. Siempre con una bebida en la mano y una bandeja de frutos secos en la mesa, las charlas triviales y las anécdotas divertidas iban dando paso a conversaciones profundas y a cómplices intercambios de ideas y sentimientos. O, por qué no, la cosa podía ir al revés, empezando por lo trascendental y acabando con las tonterías que el alcohol hacía aflorar de los labios.

Con el paso de los años, los encuentros han sido cada vez más infrecuentes por motivos terriblemente ordinarios: conocer a otra gente con intereses comunes, dedicarle tiempo a la pareja (si se tiene) o emigrar para optar a mejores condiciones laborales; eso que la ministra Fátima Báñez bautizó en su día con el maldito eufemismo de “movilidad exterior”.

Y, cuando me detengo para echar la vista atrás, me percato de la melancolía y el desconsuelo que supone saber que esos momentos son solamente recuerdos lejanos, situaciones que ya nunca se repetirán de la forma en que tuvieron lugar. Se escapan de manera inexorable como el humo entre los dedos. Pero ser consciente de eso conlleva algo positivo: la próxima reunión con los viejos amigos se hace más especial que nunca, aun cuando ya no se tiene tanto en común ni hay tanto de qué hablar. Entonces, durante las brevísimas horas que dura el reencuentro, el corazón late sin que me dé cuenta a ritmo de carpe díem. Quién sabe cuándo aquello volverá a repetirse.

El más oscuro de todos

El Señor de los Anillos, Harry Potter y Star Wars. Aparte de ser unas de las sagas cinematográficas sobre fantasía más exitosas de los últimos tiempos, las tres tienen en común, dentro de sus respectivos argumentos, una característica ciertamente peculiar: al malo de turno se le considera un “Señor Oscuro”. Me estoy refiriendo, dicho sea de paso, a las adaptaciones cinematográficas y no a las literarias, porque entiendo que es más fácil que el lector haya visto las películas antes que haberse leído los siete libros de Harry Potter, los tres que componen El Señor de los Anillos (sin contar otros relacionados, como El Silmarillion, El Hobbit o Historia de la Tierra Media) y las innumerables historias, adaptadas a la novela y al cómic, del universo expandido (ahora denominado Legends) de Star Wars.

Partiendo de esa base, y como buen fanático de las narraciones fantásticas, a veces me he hecho preguntas del tipo: “¿Quién ganaría en una pelea entre Goku y Superman?” o “¿Los pokémon son comestibles o los entrenadores sólo los capturan para entrenarlos?” o, por qué no “¿Cuánto éxito cosecharía Míster Fantástico si trabajase en la industria del cine porno?”. En este caso, la cuestión que quiero plantear aquí es quién sería el Señor Oscuro más poderoso, si Darth Vader, Sauron o Voldemort. He aquí mi reflexión.

En primer lugar, en un hipotético combate entre Sauron y Lord Voldemort, la cuestión parece difícil, ya que ambos son diestros hechiceros. Para más señas, el primero es un maia (algo así como una especie de ángel) y el segundo es un despiadado mago que sólo teme al gran Albus Dumbledore, lo cual es decir mucho. Con todo, y aunque parezca que un ser divino tiene las de ganar, Sauron no sólo es mortal sino que además perdería en esta contienda. ¿Por qué? Cabe decir que, antiguamente, era conocido como un cambiaformas y como señor de los licántropos y, más tarde, como el Nigromante, pero nunca como un luchador feroz; su verdadero poder no reside en sus capacidades físicas o mágicas, sino en su habilidad para influir, persuadir o dominar a otros. Para poder controlar a los enemigos, en la Segunda Edad tuvo que valerse de los Anillos de Poder y, para acrecentar sus fuerzas, forjar el Anillo Único. Es decir, su estrategia no se basaba en el enfrentamiento abierto, sino en el engaño y la astucia. Ya en la Primera Edad, mucho antes de los acontecimientos de El Señor de los Anillos, casi muere cuando adoptó la forma de un lobo gigante. Y, muchos siglos después, el hijo del rey de Gondor le venció en un combate cuerpo a cuerpo con una simple espada. Si un humano pudo destruirle con el acero, ¿qué no podría hacer Voldemort con una varita mágica, una capacidad inmensa para deleitarse con el dolor ajeno y unas cuantas Maldiciones Imperdonables, máxime si emplea el Avada Kedavra? Si nos refiriéramos al Sauron de la Tercera Edad, su supervivencia residiría en un objeto diminuto como es un anillo, que, aun siendo dichosamente difícil de destruir, no deja de ser un objeto.

Del mismo modo, una lucha entre Sauron y Darth Vader culminaría con la victoria de quien otrora se llamaba Anakin Skywalker, y los argumentos que esgrimir aquí no variarían gran cosa con respecto al caso anterior. Aunque el sith no es técnicamente un mago, su poder deriva de su gran sensibilidad hacia la Fuerza, una especie de energía mística que rodea y penetra en los seres vivos y que se expresa a través de los midiclorianos, unos microorganismos que actúan por simbiosis. Si una espada corriente puede contra Sauron, una espada láser, capaz de cortarlo todo, más aún. Me arriesgaría a pensar que hasta podría cortar el Anillo Único si, por todo, entendemos absolutamente todo. Y, por si eso no fuera suficiente, Vader puede emplear la Fuerza para asfixiar a sus enemigos incluso desde distancias considerables. ¿Qué oportunidades tendría entonces el Señor de Mordor contra la mano derecha de Palpatine, un ser aún más fuerte que el propio maestro Yoda?

Ya por último, en un teórico enfrentamiento entre Darth Vader y Voldemort, ambos con grandes habilidades en el combate, desentrañar la cuestión se vuelve ahora especialmente peliagudo. El arma del bueno de Tom Riddle es una varita con la que puede controlar su entorno prácticamente a su antojo (no hablemos ya de la Varita de Saúco, aunque ésa nunca le perteneció en realidad). Además, el Avada Kedavra funciona como algo peor que un disparo: el hechizo mata con sólo alcanzar a otro ser vivo, aunque le dé en un pie y, a no ser que tu madre te proteja como le pasó a Harry Potter, el rayo verde te deja frito ipso facto. Por otro lado, las maldiciones Crucio e Imperius pueden someter y reducir al enemigo, bien mediante la tortura o bien mediante el control físico y mental.

Dicho esto, parece que Voldemort se coronaría como ganador, pero recordemos que las maldiciones, una vez que las escupe la varita, se vuelven, de alguna manera, “físicas”, es decir, pueden chocar contra una barrera tangible y dejar de ser efectivas. Un hechizo puede toparse con otro y enzarzarse en una lucha de fricciones hasta que uno acabe por neutralizar al contrario. Ahora bien, conviene señalar que la hoja de un sable láser es indestructible, luego puede servir perfectamente como barrera. Como ejemplo, en La Venganza de los Sith, el pobre maestro jedi Mace Windu se protegía mediante el uso de la espada de los rayos que Palpatine le lanzaba con las manos (un ataque que podríamos considerar, más o menos, como un hechizo). Además, antes de que Voldemort pudiese lanzarle una maldición a Vader (si es que acierta, porque sus brazos y piernas son mecánicos y, de apuntarle ahí, no lograría matarle), el sith bien podría asfixiarlo empleando la Fuerza o arrebatarle la varita desde la distancia. Si hablamos del cuerpo a cuerpo, una hoja de luz capaz de atravesarlo todo resultaría mucho más eficaz, incluso si antes de matar a Voldemort hay que quitar de en medio los siete horrocruxes en los que guarda los trozos de su alma (pobre Harry).

Por supuesto, no considero que ésta sea una respuesta absoluta al acertijo;  otras personas podrían llegar a una conclusión diferente partiendo del mismo problema y, razonablemente argumentada, podría ser igual de válida. No obstante, yo me quedo con la que acabo de plantear.

Día a día

Los latidos del corazón en la cabeza. La garganta reseca. Los jadeos. La multitud gris haciendo cola. El sudor bajando por la espalda. El ruido del motor que se aproxima. El chirrido de los frenos del autobús.

El aroma de los cafés. Los fluorescentes parpadeando. Los dedos que golpean las teclas del ordenador. La espalda tensa contra el respaldo de la silla. Las prisas. Las conversaciones banales.

El crujido de las hojas muertas bajo los pies. El viento veleidoso. El murmullo de la lluvia en el tejado. El olor a tierra mojada. El gato callejero que se desliza bajo un coche.

El sillón acogedor. El perfume de las páginas de un libro. La música acariciando mis tímpanos. La quietud de la tarde. El buen descanso.

Las sábanas arrebujadas. Las risas. Las caricias estremecedoras. Las respiraciones agitadas. Las miradas elocuentes. Las confesiones. Las burlas. Tú.

Torcer a mano derecha

Estas últimas elecciones al Parlamento Europeo han servido para mucho más que para elegir a los 751 eurodiputados o al presidente de la Comisión Europea: han supuesto también una suerte de termómetro en donde comprobar cómo las tendencias políticas están evolucionando en los países de la Unión. Aumenta la popularidad de los grupos de izquierda, los de extrema derecha y los euroescépticos (en ese último grupo pueden enmarcarse a muchos de los dos primeros). Pero no nos engañemos. Los bajos porcentajes de participación no pueden sino ofrecernos solamente unas pinceladas sobre qué burbujea en algunos sectores de la sociedad europea, pero nada más. Pese a todo, sabemos que la extrema derecha ha entrado con fuerza en las urnas.

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Los odios de siempre disfrazados de ideas nuevas – [Scott Beale / Laughing Squid]

En el caso de Grecia (en donde las elecciones sí son obligatorias junto con Bélgica, Chipre, Italia y Luxemburgo), los neonazis de Amanecer Dorado han alcanzado el tercer puesto con 3 escaños. Pero el fenómeno más llamativo es el del Frente Nacional de Marine Le Pen, hija del ínclito Jean-Marie Le Pen, quien dijo que el señor Ébola podría encargarse de la inmigración en tres meses (alguien debería explicarle que el virus no es selectivo y que no ataca solamente a los que tienen la piel “algo más oscura”). Le Pen ha pasado del 6’3% de 2009 a un espectacular 25,4%, coronándose como la primera fuerza política en Francia para el Parlamento Europeo. Por desgracia, no es el único ejemplo. En Finlandia, Verdaderos Finlandeses obtienen casi el 13% de los votos (ya con ver el nombre nos hacemos una idea de que no abogan precisamente por la integración de los inmigrantes); en Dinamarca, el ultraconservador Partido Popular llega nada menos que al 26,6%; Hungría tiene a Jobbik con 3 escaños, en segundo lugar y llevándose casi el 15% de la tarta electoral. Esta formación no esconde, desde luego, su rechazo a judíos y gitanos. En una línea parecida se manifiesta Nigel Farage, líder de UKIP, que se posiciona en primer lugar por delante de conservadores y laboristas.

No es muy difícil adivinar que la crisis económica se ha convertido en todo un revulsivo para que los partidos de extrema derecha gocen de la popularidad que tienen actualmente en muchos de los Estados miembros de la Unión Europea. En tiempos de necesidad, el racismo, la xenofobia y la exclusión social consecuente crecen como respuesta al miedo que los líderes populistas inflaman en el corazón de la gente. Y digo corazón porque basta con reflexionar un poco para darnos cuenta de las falacias que vomitan estos señores bajo un discurso plagado de ideas básicas que apelan al sentimiento y al patriotismo más rancio. Ante estos mensajes que venden la inmigración como una invasión, una plaga o un robo de nuestros recursos y nuestro empleo, el “nosotros primero” se levanta con el brazo bien alto y el extranjero es visto con malos ojos.

Si se leyeran más libros de Historia, la ciudadanía sabría que ni esta situación es nueva ni el odio al diferente va a darles de comer. En una Alemania empobrecida por las duras condiciones de la Paz de Versalles y el crack de 1929, un señor con un bigote parecido al de Charlot animaba a odiar a los judíos, que, según decía, estaban enriqueciéndose en una tierra que no era la suya, entre otras tantas animaladas. Los líderes de estos partidos comulgan con varios planteamientos de aquel nacionalsocialismo que, lamentablemente, sigue palpitando.

Y uno se pregunta qué sentido tiene odiar a quien viene de fuera cuando por toda Europa han circulado diferentes pueblos y etnias durante siglos. Sólo en el caso de España podemos aseverar que, en mayor o menor medida, por nuestras venas corre sangre judía, árabe, africana, germánica y hasta vikinga.

El Partido Popular Europeo y el Partido Socialista Europeo han sido sin duda los más votados, pero será interesante ver cómo se configura el funcionamiento de una Cámara europea en donde precisamente el proyecto de Europa disgusta a no pocos miembros. Si la extrema derecha sigue ganando popularidad, ¿dónde quedará la libre circulación de personas o el derecho a asilo que se supone que protegen a los ciudadanos de la Unión Europea? ¿Dónde quedarán los derechos de aquellos que son vistos como enemigos en su propia casa?

 

Conversaciones

En cada visita que le hacía me demostraba su don para narrar historias. Era generoso con las palabras, la materia prima con la que construía aquellos relatos que se convertían en auténticas enseñanzas de vida. Además, siempre se mantuvo lo suficientemente valiente como para mirar de frente a su pasado, sujetarlo por la pechera y hacerle confesar lo mejor y lo peor de sí mismo y de la época que le tocó vivir.

Me hablaba de las dificultades diarias de entonces, de la muerte de inocentes por pura inanición o a causa de chivatazos revanchistas, de pasar tantas penurias que no hubiese dinero ni para dar sepultura a un ser querido, de no poder permitirse unos zapatos a pesar de deslomarse trabajando diez días a la semana. Con la lógica resignación de quien ha visto su juventud y madurez transcurrir durante el franquismo, me señalaba a menudo la sistemática represión de aquel tiempo, semejante a un lodazal en el que nada ni nadie puede avanzar, y en donde quien lo intenta termina cayéndose y cubierto de fango. Agradecía que al final, para rebajar el tono, soliese obsequiarme con alguna broma o algún comentario burlesco.

Ni siquiera cuando fue enfermando me negó el placer de aprender de él. De alguna forma, el diálogo incluso aligeraba durante unos minutos, muy levemente, eso sí, la pesada carga que lo iba consumiendo poco a poco. Las estadías en el hospital se volvieron cada vez más frecuentes, pero ninguna fue tan larga como la última. No obstante, ni los intensos dolores ni los sedantes me privaron de él y de nuestras conversaciones. Con todo, un día en el que se encontraba especialmente agotado decidió echarse a dormir un rato para recuperar fuerzas. Desde entonces, sigue descansando.

Hasta hace poco me había parecido terriblemente afectada esa situación tan manida, tan vista en el cine y en la literatura, en la que, por ejemplo, un adulto le dice a un niño que los que se han ido viven en nuestro interior. Nunca me tomé esa expresión en serio, tal vez porque nunca supe lo que significaba. Pero, a día de hoy, he llegado a considerarla un pensamiento bastante acertado, porque ni aun la insalvable distancia que supone la muerte me ha impedido que sigamos con nuestras charlas. Las llevo bien dentro.